POR LOS MARES DE MALASIA (II)
Por Tiago Pérez
Nuestro colaborador Tiago Pérez prosigue el relato de sus aventuras por los mares malayos a bordo del SIN RAZÓN y continúa dejándonos los dientes largos.

Otra vez por aquí. Voy a intentar describiros con un poco más de detalle y con algún dato práctico la zona en la que está el SIN RAZÓN, mi sufrido compañero de fatigas y placeres a lo largo de la ruta portuguesa desde Cangas al Estrecho de Malaca.
Os describía Langkawi como un gigantesco animal posado en el mar, así lo parece por sus orgánicas formas de piedra caliza erosionada que va desnudando estalactitas y estalagmitas, y su cubierta de espesa selva tropical. Por su sensación constante de lugar pleno de vida, grandes mariposas de exultante colorido, el continuo vuelo de las águilas pescadoras, el penetrante sonido de las chicharras, siempre de procedencia indefinida y la abundante vida marina en unas aguas limpias aunque no totalmente transparentes debido a la aportación de los numerosos ríos costeros.
Sobre estas islas, el diligente gobierno malayo lleva años proyectando un futuro turístico, que, a pesar de algún claroscuro, tiene muy en cuenta la riqueza natural que poseen y apuesta por su mantenimiento como eje básico de su atractivo.

Las soluciones que ponen en práctica son a veces chocantes. Han construido el puerto deportivo de Telaga, al oeste de la isla, excavando en tierra y no extendiendo espigones en el mar. La playa que han preservado con ello es una de las mejores de la isla, y han protegido la entrada del puerto con dos islotes artificiales de limpia arena y casuarinas (una conífera tropical) sobre ellos, con lo que lo que antes era una playa abierta al mar, es ahora un solicitado fondeo de las embarcaciones de paso. Que conste que intento explicar el hecho y no juzgarlo, eso probablemente requeriría más "tinta" de la que se puede gastar sin llegar a dar el coñazo.
Otra escalofriante obra del hombre sobre la naturaleza virgen es el teleférico de Mat Cincang, una cresta casi vertical de 700 metros de altitud y 500 millones de años de antigüedad cubierta de selva absolutamente intocada, cual imagen de isla de King-Kong. Pues bien, una futurista estación de teleférico de impactante arquitectura en su cima permite al visitante pasearse por una pasarela colgada en el vacío sobre el primigenio paisaje. Continúo tratando de no emitir comentarios personales.
Para el navegante, los servicios puestos a su disposición se acercan bastante a los que estamos acostumbrados en estas latitudes, lo cual, hablando del trópico, no es decir poco. Hay dos marinas grandes, la de Telaga, antes citada, con buenos servicios y la consabida zona de bares, aunque sin marina seca, y la de Rebak, situada en un islote que se comunica con tierra a través de una lanzadera de la marina. Esta marina también se construyó excavando una zona de manglar, las instalaciones son de lujo y cuenta con una concurrida y amplia marina seca para dar patente, realizar reparaciones o dejar el barco en seco por temporadas largas.
Las dos marinas fueros arrasadas por el tsunami del 2004, el agua subió varios metros, sacó de los pilotes los pantalanes y arrastró por las bocanas al mar un revuelto de pantalanes y barcos en absoluta confusión. Actualmente están de nuevo en perfectas condiciones.
Sin ser una marina, el Real Club de Yates de Langkawi, situado en Kuah, la capital de la isla, es un buen puerto deportivo, bien situado, con un local social de preciosa arquitectura oriental moderna y agradable personal. No tiene servicios de varada y a veces resulta incómodo por las olas de los ferries que conectan la isla con tierra firme.

Existen más posibilidades para dejar el barco todo el año, como ya os describiré la escogida para el SIN RAZÓN, pero, debido a que es un concurrido lugar de paso para barcos alrededor del mundo y también un popular puerto base para barcos por su cercanía a Tailandia, hay bastantes servicios que cubren las necesidades de los navegantes: reparaciones, cartas náuticas, material náutico etc.

Hay que explicar que la costa índica de Tailandia es un fabuloso campo de crucero con centro en Phuket, pero que sus autoridades son tremendamente restrictivas con la presencia de yates en sus aguas. Cuando realizas el papeleo de entrada en Tailandia te encuentras con un curioso papel en el que tienes que declarar el valor monetario de tu barco, para, a continuación, comprometerte a pagar tres veces ese valor si no vuelves a salir de sus aguas en el plazo de un mes. Lo que se dice razones convincentes.
Hay alguna posibilidad de sustraerse a esa radical medida, como puede ser consignar esa cantidad con una tarjeta de crédito, pero la solución más normal es la de recurrir a Langkawi como puerto base alternativo.
El papeleo en Malasia, en cambio, es de lo más relajado, realmente en pocos países del mundo permiten que permanezcas con tu barco en el país por temporadas largas sin realizar una importación y un pago de impuestos en el país. Malasia es uno de ellos, y los trámites del barco son sencillos, rápidos y siempre acompañados de una sonrisa. ¡Lo que es la civilización!.
Bien, yo, esta vez venía con el objetivo único de dejar mi barco seguro hasta la próxima visita, conocía desde tiempo atrás la existencia de un fondeadero vigilado situado en el río Kilim y lo había visitado al llegar esta vez a Malasia para reservar un fondeo.
Ahora tocaba hacer los últimos preparativos y llegar hasta allí. Entre las cosas que quería hacer era darle al barco una mano de patente pues la carísima patente no tóxica que había puesto el año pasado había resultado un fiasco y los arneirones que me encontré al llegar eran del tamaño de monedas de dos euros (sin exagerar).
Mi primer intento fue en marina Rebak, haciendo una entrada a vela por el estrecho canal de acceso que me dejó bastante satisfecho de mis recuperadas habilidades en las viradas rápidas y sin parar el barco y el (ilegalísimo en regata) golpe de timón.
En vano, la marina estaba totalmente revolucionada con los preparativos de una boda de postín de la hija de un magnate hindú y me daban fecha para el travelift al menos un par de semanas después.
Salida de nuevo a vela por el canal, más difícil todavía y con las lanzaderas de la marina pasando al lado y dejando ola, la salida por la bocana fue pasando a milímetros de la escollera.

¿La solución?, la socorrida varada en la playa en dos mareas. Escojo una elegante playa cercana al fondeadero de Kuah, lindante con un parque urbano, varo de noche con la marea a tope y comienzo con la limpieza, el endulzado y la pintura de patente de un costado por la mañana. Normalmente la primera vez es fácil, da igual el lado para el que se tumba el barco porque están los dos sin pintar. El problema puede surgir la segunda vez si no quiere tumbar hacia el lado contrario (hay que ayudarle moviendo pesos y con un ancla hacia esa banda).
Recibo una visita de un guardia que me dice que no está bien que haga eso allí, que ensucio el agua. Le digo que sólo esta vez y se va.
El barco es realmente incómodo con una escora de 45º y las esperas por la marea también se hacen largas, pero un costado ya está listo, el barco está de nuevo a flote y hay que prepararse para la segunda varada. De repente llaga un gran catamarán a vela desde el fondeo para imitarme y darle una limpieza a los cascos.
Se veía venir, el guardia vuelve y me vuelve a decir que aquí no, le pido por favor: no; por favor: no. Desato el barco, empiezo a recoger las anclas pensando en llegar a tiempo a otro sitio que tenía localizado, un poco menos cómodo, cuando veo al guardia desde tierra que me hace señales diciendo que lo vare un poco más al extremo de la playa, a menos de 25 metros de donde estaba antes.
Bien, sigo pensando en las diferencias entre los comportamientos civilizados y humanos y los que no lo son; me gusta la gente aquí.
El fondeadero de Kuah tiene ahora facilidades que no tenía la primera vez que llegué a Langkawi. Hay un pantalán para dejar los auxiliares, antes debías ser muy cuidadoso si no querías encontrarte con un fangal entre tu dingui y en mar con la marea baja. También hay duchas, no excesivamente limpias pero duchas, y el típico bar regentado por yachties, anglosajones, con cerveza, internet y poco más.
Y en tierra ha reaparecido un punto de contacto entre navegantes por medio de un bar regentado por un chaval jovencito, marchoso y amistoso. Hubo antes otro que regentaba un chino, muy autentico: el bar, el chino y los parroquianos; pero ya hacía tiempo que no había un local de reunión como se merece un sitio encrucijada como Langkawi.
El bar de este chaval, no recuerdo el nombre pero no os costaría mucho encontrarlo, está al lado de la tienda de efectos navales (traen material de West Marine a precio de catálogo), sirve buena y asequible comida tailandesa y sirve de base a la especie del navegante de bar común, con más o menos millas detrás, pero siempre con la indefectible querencia a la barra de la especie.
Y nos vamos hacia el río Kilim, por cierto no demasiado bien definido en las cartas y realmente confuso en los folletos turísticos.
La navegación es agradable, con un cálido viento de ceñida pasando por islotes, paisaje de selva y embarcaciones de pesca.
Al acercarse a la zona del río hay que meterse de nuevo por canales entre islotes. Veo la entrada de otro río en el que entran embarcaciones locales, no es esta entrada, continúo, pero el viento ya está haciendo cosas raras.

Hay corriente y tengo que recurrir al génova para luchar contra ella. El foque es muy cómodo porque es autovirante, pero para ir contra la corriente hay que recurrir al génova, a las viradas y a pegarse a tope a las orillas. A un lado hay manglar y al otro islotes escarpados.
Se avanza poco a poco, no voy a poder llegar al río con la marea subiendo como era mi intención, pero no hay más opción.
Estando ya cerca de la entrada, con un bello paisaje ahora escarpado a ambos lados y con pequeños islotes puntiagudos, veo venir del norte un chubasco, algo así como una pared de lluvia que lo ocupa todo.
Da tiempo a pensar bastante poco, arriar el génova de un golpe, tomar alguna referencia en tierra y recibir el sopapo conjunto de viento y lluvia,
La visibilidad se reduce a menos de 50 metros. Con la mayor aplanada y a sota, se trata de aguantar el chubasco manteniéndose en el canal sin perder las referencias y esperar. Afortunadamente no dura más de media hora y al despejar aparece la boca del Kilim: un estrecho canal en la pared acantilada de no más de 30 metros de ancho.
El chubasco se ha ido y queda una ligerísima brisa, intento la entrada pero la marea ya va bajando fuerte y me veo escupido una y otra vez. Paciencia.
Va a hacerse de noche y la situación es igual, pasa una lancha con un par de chavales dentro y me hacen un gesto. Vamos a comernos el orgullo, les echo un cabo y me dejo remolcar hasta el fondeadero. El paisaje a esta hora en un poco tétrico, oscurece y se ve algún velero clásico fondeado muy abandonado.
Les doy una propina a los chavales y me amarro a una boya en el brazo de río vigilado por Rahmad. Hasta aquí llegamos.
El amanecer es muy alegre. El sitio es una auténtica preciosidad, los manglares muy verdes, los picos escarpados caen encima del barco cubiertos de vegetación. Las águilas pescadoras muestran sus habilidades. El río se ve lleno de vida. Hay granjas de pescado en las orillas y encima de una de ellas el restaurante de Rahmad.
Los fondeos están bien cuidados, un buzo trabaja todos los días limpiando de incrustaciones las boyas y los cabos de fondeo. Si no fuera así se hundirían en pocas semanas, tal es la vida que rebosa en el río.
Ato bien el barco, le pongo el toldo de protección y me despido de él hasta la próxima, que espero que sea ya en diciembre. Prometo seguir contándoos más batallas...